La industria del hormigón en EEUU movió 50.000 millones de dólares en 2015. Este puede ser uno de los poderosos motivos por el que una investigadora norteamericana, Marie Jackson, se ha propuesto indagar en conseguir una nueva receta de hormigón utilizando materiales que se encuentren en el oeste de EEUU. Y no sólo espera obtener una fórmula más resistente sino también un hormigón cuya producción sea más sostenible desde el punto de vista ambiental.
Para su estudio, que ha publicado esta semana la geóloga en la revista American Mineralogist , Jackson pone el foco en la extraordinaria longevidad de las construcciones romanas, algo que en buena medida deben a los materiales de lo que están hechas. Dos mil años después, numerosas construcciones e infraestructuras construidas por los antiguos romanos no sólo siguen en pie sino que son ahora más resistentes que cuando fueron levantadas.
Los romanos fabricaban su hormigón mezclando ceniza volcánica con cal (óxido de calcio) y agua del mar. Así conseguían un mortero al que después incorporaban trozos de roca volcánica. La combinación de ceniza, agua y cal produce lo que se denomina reacción puzolánica (se llama así por la localidad de Pozzuoli, situada en la Bahía de Nápoles).
La receta precisa que usaban para elaborar el hormigón se ha perdido, pero según la investigadora “Los romanos tuvieron suerte al disponer del tipo de roca que usaron. Esas rocas no las tenemos en la mayor parte de los lugares del mundo así que ha habido que buscar sustitutos”, señala.
“Para el hormigón usado en los puertos marinos empleaban rocas volcánicas que procedían específicamente de los volcanes del Golfo de Nápoles. Para los acueductos españoles se usó un material puzolánico diferente y agua dulce, en lugar de agua marina”, aclara Marie Jackson. Mientras que “El Panteón o el Mercado de Trajano de Roma también se construyeron con un hormigón de roca volcánica, pero con un tipo de roca volcánica y técnicas distintas a las usadas para las construcciones marinas”, añade.
En conclusión, un grado de especialización y conocimientos que tardaríamos dos mil años en desentrañar y ser capaces de reproducir. En cualquier caso, la investigación de esta geóloga – aunque haya sido movida por unos enormes intereses económicos – es sin duda es una buena noticia: todavía sabemos mirar al pasado para aprender, y para plantear lo que será una innovación en un futuro no lejano. ( Fuente: El País, El Mundo)

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